Thursday, 16 July 2009

A vueltas con el metal

Tras 26 días de huelga no consecutivos, la más larga habida en el sector del metal, los trabajadores han decidido volver a la producción ya quemados todos los cartuchos de la negociación que no les llevaba a ninguna parte.
Volvemos al punto de partida, aunque con una imagen de la ciudad dañada, unos ciudadanos cansados de los disturbios, una patronal que dice haber perdido 1.100 millones de euros y más de 20.000 trabajadores con una media de 1.000 euros menos en sus nóminas de mayo y junio.
La paralización de la huelga significa para los vigueses un alivio y para los medios de comunicación la pérdida de interés por el conflicto y la búsqueda de un nuevo hecho noticiable que explotar.
Si no hay tornillos volando sobre las cabezas de los antidisturbios o bengalas que impacten en la pierna de un cámara de televisión, no merece la pena seguir con la cobertura informativa.
Los medios llegaron, sacaron su foto y se marcharon. Suficiente para vender el tema.
Así a todo, el revuelo montado no ha servido para presionar a la patronal y a las autoridades para alcanzar un acuerdo satisfactorio para los trabajadores, sino todo lo contrario, la cobertura mediática solo ha servido para dar una imagen violenta y negativa de los trabajadores.
“A quién se le ocurre pedir un 6% de aumento salarial con la crisis que hay” “….y con los sueldos que cobran” (el sueldo base de un oficial de primera según el convenio del metal en Pontevedra es de 1.200 euros netos, y el de un peón es de 900) “…que desvergonzados”. “Estos se quejan de vicio.”
Son los comentarios que mi tío Pedro, oficial de primera que monta cuadros eléctricos para los barcos en Vigo, ha tenido que escuchar en su cara mientras dejaba de ingresar 1.500 euros por haberse sumado a la huelga. De lo que no son conscientes los ciudadanos es que para que mi tío pueda llegar a ganar 1.800 euros al mes, tiene antes que trabajar 11 horas diarias de lunes a viernes y velar los sábados también. Se trata entonces de un buen sueldo dentro de la escala de salarios de esta sociedad mileurista – a veces ni eso- pero a cuenta de disponer de un más que limitado tiempo libre y de realizar tareas arduas y complejas. Porque la vida laboral en el sector del metal y auxiliares es muy dura. No es como trabajar 8 horas sentado en una oficina esperando a que llegue la hora de fichar.
Pero lo que no explican los medios de comunicación y de lo que no habla la opinión pública en las calles es que el convenio del metal en Pontevedra se caracteriza por tener una compleja composición y unas de las peores condiciones de este sector en España.


Las reivindicaciones y la complejidad de la mesa de negociación
Cuando comenzaron las negociaciones, allá por febrero, los tres sindicatos más potentes del sector en la zona, la CIG, CC.OO y UGT, crearon una plataforma reivindicativa cuyas peticiones se basaban en tres puntos clave: Reducir la jornada laboral -dando más descanso al trabajador-un convenio de un año de duración -en lugar de tres como pedía la patronal- y un aumento salarial del 6% - mientras que la patronal quería congelar los sueldos durante tres años escudándose en que el IPC tenía un crecimiento negativo.
Tras ver que la patronal no iba a ceder, los sindicatos bajaron a un 4,5% y después a un 4%. La Xunta, mediadora tardía e ineficiente en el conflicto, propuso un 3% el primer año y un 1,5% el segundo, pero la patronal no lo contempló, con la excusa de la crisis económica y el cierre de muchas pymes del sector en la zona. Sólo accedió a un 2% el primer año y un 0,5% más IPC en el segundo.
Resulta curioso, casi estrambótico, que la patronal afirma haber perdido unos 1.100 millones de euros pero no estaba dispuesta a subir los salarios un 4%, que les supondría un gasto de unos 20 millones de euros. Es decir, han preferido perder 1.100 en lugar de 20. Sí señor, esa es la mentalidad del empresario.
Para entender las dificultades de esta negociación hay que conocer la complejidad del sector en Pontevedra que aglutina a más de 27.000 trabajadores y abarca hasta cinco subsectores diferentes y con realidades bien distintas; astilleros, automoción, fontanería, calderería y electricidad. Por un lado el sector del naval está teniendo un buen año, con muchos contratos y encargos (de ahí que se pidiera un 6% en principio) pero la automoción y la fontanería debido a la crisis han visto reducir sus beneficios en grandes proporciones y han tenido que amoldar sus plantillas a las nuevas necesidades de producción.
Además hay otra estrategia de fondo con respecto al naval, y es que el convenio del naval en Galicia, en las otras tres provincias, concluye el 31 de diciembre de 2009, y es por eso que se defendía con uñas y dientes un convenio de un año, para luego poder crear una mesa única de negociación para toda Galicia que sea más representativa y coherente laboralmente para los trabajadores del mismo sector en la misma comunidad.
De este modo se separarían los astilleros de la automoción, sobre todo teniendo en cuenta que son sectores con realidades y necesidades diferentes. Fueron los representantes de este último sector los que más se negaron a llegar a un acuerdo de subida salarial. Y es la patronal del metal en su conjunto la que se niega a incluir la contratación del naval en la negociación del convenio “para no hacer distinción entre trabajadores de primera y de segunda”

La paralización de la huelga

Fue la UGT el primer sindicato con sentido común que se dio cuenta de que la actual situación no conducía a ninguna parte. En palabras de Diego Atanes, presidente de la Gestora de MCA-UGT en Vigo, “se quería dar un respiro a los trabajadores y oxígeno a la negociación”.
UGT fue el primer sindicato en dar la cara ya que tanto CC.OO como CIG aceptaron en petit comité que iban a paralizar la huelga pero posteriormente CC.OO esperó a la asamblea y retrasó el anuncio de paralización y la CIG decidió seguir adelante con la huelga empecinados en continuar con su radicalismo en lugar de sentarse a elaborar una nueva estrategia, sobre todo una vez rota la unidad sindical. Y es que hay muchos que ven un fin político por parte del BNG y de la CIG detrás de todo esto.
Se ha tratado de una huelga muy dura y larga. A medida que avanzaban los días y no se encontraban soluciones, muchos huelguistas empezaron a denostar cansancio y empezaron a dejar de seguir la huelga, al menos de participar en las manifestaciones, a pesar de las amenazas de los piquetes más radicales.
Muchos trabajadores se sienten traicionados, otros se las veían venir, la ciudad necesita recuperar su actividad industrial, y muchos huelguistas han empezado a negociar con sus respectivas empresas el cambio de las jornadas de huelga por vacaciones para poder cobrar el sueldo que han visto considerablemente mermado en el tiempo que ha durado la huelga.
La actuación de las fuerzas de seguridad y la opinión pública

Muchos manifestantes destacan la desmesurada actuación de las fuerzas de seguridad con un despliegue total de más de 200 antidisturbios, venidos de diferentes partes de España, para refrenar a los huelguistas que comenzaron sus manifestaciones de manera pacífica pero que, tras la dura actuación de la policía, empezaron a comportarse de manera violenta llegando a utilizar cócteles molotov. Aunque no podemos medir a todos los manifestantes por el mismo patrón. Se trata de actos de violencia aislados y puntuales perpetrados por una minoría radical que han empañado la acción sindical.
Por si fuera poco la opinión pública viguesa, lejos de solidarizarse con los trabajadores, y hartos de tantos altercados en las calles, de los cortes de tráfico y de la mala imagen que estaba dando la ciudad, fue la primera en criticar el comportamiento de los trabajadores y sindicatos, reprochándoles que hayan puesto en peligro la estabilidad del sector que simboliza el sustento económico de la ciudad por ganar unos 40 euros más al mes.
No salgo de mi asombro cada vez que leo comentarios en contra de los trabajadores, excusándose que por su culpa llegan tarde a sus trabajos, paralizan la ciudad, se quejan de vicio, o que se arriesgan demasiado y que por su culpa las empresas se van a ir de Vigo, incluso he leído una que dice que los antidisturbios les habían tenido que “meter más caña”.
¿Qué ha pasado con la sociedad viguesa, obrera por excelencia? En Vigo nos hemos olvidado de lo que fuimos, de dónde venimos, de cómo se ha forjado esta ciudad, con el esfuerzo de todos los trabajadores venidos de todas partes de Galicia en los años 60. Pero ahora somos una sociedad acomodada en el sector servicios que prefiere mirar para otro lado cuando ocurren este tipo de conflictos. Me avergüenzo de mis conciudadanos. Hemos perdido nuestra esencia. Vigo deja de ser una ciudad obrera en el momento en que se pone en contra de los huelguistas del metal y no comprende sus necesidades.

Por la puerta de atrás

Los trabajadores no ven una salida al conflicto cercana en el tiempo, y los empresarios están convencidos de que se solucionará por la puerta de atrás, es decir, que los sindicatos tendrán que acabar cediendo y aceptar la propuesta de la patronal.
En estos momentos se desconoce cuándo se reanudarán las negociaciones, y es que los mediadores de la Xunta no van a convocarla hasta que no haya garantías de llegar a un acuerdo, el cual parece poco viable ahora ya que la patronal siguen proponiendo 3 años de convenio, una subida del 2% y la exclusión de la bolsa de contratación del naval, y los sindicatos 2 años, un 4,5% y la contratación del naval.
Y lo peor es que después de todo este tema volverá al olvido de los medios de comunicación, que a pesar del revuelo montado, no ha servido para presionar a la patronal, y al final, como siempre, serán los trabajadores los más perjudicados. Parece ser que hay que conformarse con que no se pierdan más puestos de trabajo y decirle a todo que sí a las empresas.

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